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Diccionario

Un hombre en la calle.

En una calle de una ciudad populosa y cosmopolita un hombre camina bajo la lluvia. Es un hombre de mediana estatura, piel clara y curtida, arrugas sembradas por toda su cara y unas barbas largas y canosas; lleva sobre su cuerpo una capa verde de plástico y en la mano derecha un cuenco también de plástico. Sobre su pecho, y pendiendo de su cuello, un anuncio que es un llamado, un reclamo, una denuncia, una queja "Soy un mendigo y también un hombre".
Al mirarlo se puede ver al hombre, al anciano, al mendigo; se puede ver también al ser recurrente, que peleando contra la pobreza y quizá contra la muerte, busca en la esquina de una calle de esta gran ciudad quien le dé una moneda. Pero ¡qué importa el mendigo! ¡Importa el hombre! Y no por alto, pequeño, gordo, joven o anciano. Si el que pide allí, en esa esquina; si el que estira el cuenco bajo la lluvia; si el que muestra ese rostro marcado por la necesidad y el sufrimiento; si el que por cierto decoro se cubre su cuerpo con las mejores prendas que pudo hallar en el cesto de la basura; si el que nos mira directamente a los ojos buscando hallar en el centro de nuestro corazón un cálido rincón para su frío de soledad; si el que está frente a nosotros, es un hombre. Un hombre no por pobre, menos hombre; no por despreciado menos hombre; no por menos aparente, menos hombre; no por sucio, desgarbado, manchado y lastrado por la vida, menos hombre; no por olvidado de la vida y la sociedad, menos hombre. Un hombre al que no se le olvida, o quizá recuerda bastante, lo que ha vivido; un hombre que tal vez en su escasez, en su necesidad y reproche hacia la vida, halle aún dentro de sí el poco de aliento necesario para implorar al destino, a la vida, a Dios o a quien sea o lo que sea, le alimente todavía la esperanza hasta el último segundo que le sea dado vivir.
Un hombre con capacidad para soñar incluso en las noches largas, frías o cálidas, en que tendido sobre el pavimento de una calle o un césped de un parque cualquiera mira por el rabillo del ojo las estrellas que brillan allá en lo alto, sobre su cabeza, o la cola meneando alegremente del perro callejero que en la noche y el día lo acompaña, o los pies que a prisa pasan a su lado, dejando a su paso menos que una moneda de céntimo podría lograr: el aliento de la compañía pasajera, pero la que lo reconforta y le dicta que en medio de su vicisitud no se halla solo. El paso al vuelo que cruza ante su mirada le transmite la certeza de que no es él un hombre solo...en el mundo; le dice que él es un hombre como otros hombres, cuál más afortunado con el bienestar y los placeres que da la riqueza, cuál menos afortunado con las carencias y las incomodidades que da el no tenerla. Pero, con todo y esto, hombres.


Javier Marín Agudelo
Escritor y Ensayista.
2015.
la letra de wilde: https://www.blogger.com/

Comentarios

Henry Mosquera Angulo   el 05 de Apr de 2015 a las 15:25:20

It's very good.

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